Bajo el nogal negro americano, en pleno corazón dela abadía de Sablonceaux (Charente-Maritime), se han ido sucediendo las cinco sesiones de verano para adolescentes de entre 14 y 18 años. 251 jóvenes han disfrutado de los diferentes campamentos organizados por la Comunidad del Chemin Neuf durante el mes de julio.
En el programa: un campamento itinerante, un espectáculo de evangelización callejera, una semana de deporte y retos, una semana para los estudiantes de bachillerato que quieren ponerse al servicio de los demás y, por último, ¡el festival Sabooost!
Laure Delpech, hermana consagrada de la comunidad de Chemin Neuf y responsable de los campamentos de este verano, nos cuenta su visión.

En los últimos años, en nuestro trabajo con los adolescentes, nos ha llamado la atención el papel que desempeñan las emociones y los sentimientos en la vida espiritual, algo que a veces se nota con mucha fuerza. Cada vez más, también para ellos, la vida se acelera, y las exigencias externas les alejan de cierta introspección. Se hace difícil prestar atención a lo que hace menos ruido, a lo que a primera vista permanece oculto.
Para sentir que estás viviendo una experiencia con Dios, hace falta algo que te llegue a través de las emociones. Sin embargo, la obra del Señor y su paso suelen pasar desapercibidos.
Así que nuestro trabajo ha consistido en cambiar de perspectiva: enseñar a los jóvenes a fijarse en lo que, de forma natural, no verían, a volver a leer, a identificar lo que perdura, sobre todo a través del aprendizaje de los movimientos espirituales de San Ignacio.
Nuestra espiritualidad ignaciana es un auténtico tesoro para los jóvenes de hoy. San Ignacio también se dio cuenta de la importancia de los movimientos interiores en la vida espiritual. Lo que les aporta de nuevo a estos jóvenes es enseñarles a discernir con más sutileza qué forma parte de la obra del Espíritu Santo en ellos, y qué es solo ruido pasajero que no dejará huella.
A los jóvenes les gusta el canto de alabanza, una forma de oración que les da directamente cierta satisfacción, sobre todo porque se vive junto a otros, en comunidad, algo que les importa mucho a los adolescentes. No suelen buscar tanto momentos de oración personal, a solas frente a la Palabra de Dios, que les parece más difícil y árida.
Nos hemos dado cuenta de que, en nuestra misión, tenemos la responsabilidad de no dejar de lado a uno por el otro. Necesitamos a los dos para estar atentos al Señor, y eso es lo que les proponemos.
A largo plazo, esa capacidad de escuchar, esas herramientas para discernir, ese aprendizaje de la reflexión, esa familiaridad con «la brisa suave», es quizá lo que más necesitan los jóvenes. Y, sobre todo, es lo que no siempre les van a ofrecer en otros sitios.
En el fondo, las necesidades y los deseos no siempre coinciden. En nuestro papel de educadores, tenemos que estar atentos a ambos.
Laure Delpech